| Nuevas y viejas formas de narrar: Sobre el relato hipertextual, los nuevos géneros literarios y el futuro de la novela |
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| Lengua - Hipertexto | |||
Publicado por Mª del M. Paúl en Espéculo nº 29Es posible que la fascinación por el relato, modalidad de referencia y de representación presente en todas las culturas, llevara en algún momento a la invención, esto es, a imaginar mundos que sólo existen a partir de lo contado. Tal vez todo empezó, como dice Oscar Wilde, aquel día lejano en que alguien que no estuvo en la caza contó al atardecer a los trogloditas asombrados, cómo mató al mamut en singular combate y trajo sus colmillos dorados1. De ser así, en verdad comenzó cuando esos trogloditas asombrados se lo creyeron y ninguno fue a comprobar si los colmillos colgaban o no de alguna pared de la caverna. Y, al cabo, si no lo creyeron nadie, al menos, lo tomó como una afrenta puesto que de esa acción no se desprendía ningún provecho aparente. De este modo, se inauguraba el placer de un juego que todavía no tenía nombre, pero que tendría tal éxito que se desarrollarían varias artes después para darle espacio y tiempo, sobre todo tiempo: la literatura, el cine; incluso en ocasiones a esas historias se les pondría música y otras hasta danza. Cualquier cosa para alimentar la seducción del relato. En las últimas décadas se ha abierto otro cauce narrativo para la invención con las estructuras hipertextuales derivadas de las nuevas tecnologías, es decir, con esas estructuras que, diseñadas como bloques (de palabras o de imágenes) conectados mediante enlaces, nos proporcionan múltiples trayectos de lectura. Los soportes electrónicos venían a confluir, tal y como estableció George Landow, el primer gran teórico del tema, con la teoría crítica de la posmodernidad, que había redefinido la noción de texto, anunciado la muerte del autor y defendido la plurisignificación intrínseca de la obra literaria. El hipertexto superaba en apariencia las limitaciones de la linealidad, inevitables en el formato impreso, enfatizaba las relaciones intertextuales y propiciaba una apertura en la que desaparecían jerarquías, centros y márgenes. Por añadidura, la interactividad que lleva aparejada daba nuevo sentido a ese lector cómplice que se convertía, a la postre, en hacedor auténtico de sentido y, por tanto, en creador. También permitía a los narradores cristalizar, más allá de cualquier metáfora, las propuestas anticipadas por Joyce, Borges, Cortázar, Calvino y tantos otros. Los antecedentes, literarios y cinematográficos, que se citan son múltiples y hay quien se remonta, como no podía ser menos, a Cervantes, pasando desde luego por Lawrence Sterne. Entre ellos, cabe destacar la práctica del grupo parisino OULIPO (Ouvroir de Littérature Potentielle), durante los años 60, integrado por autores como Raymond Queneau, George Perec o el mencionado Italo Calvino, que exploraron las posibilidades de la creación combinatoria. En esta búsqueda de antecedentes estaba la necesidad de legitimar un medio que nacía con los reparos que provoca lo nuevo y que, como el cine antes, tenía que salir de la barraca de feria y demostrar que era algo más que un mero artilugio o un simple juguete.
Las estructuras hipertextuales aplicadas al relato hicieron en consecuencia más palmaria, si cabe, la ruptura emprendida por la gran literatura del siglo XX con las convenciones aristotélicas, pues al constituirse como textos multidireccionales funcionaban como un itinerario, más o menos aleatorio, sin que hubiera un principio de causalidad y necesidad que rigiera la ordenación de los acontecimientos. La intriga, la sorpresa o la generación de expectativas en función de la trama quedaban suspendidas o delegadas en el lector. La búsqueda de verosimilitud se sustituía por la aspiración a alguna forma de coherencia, y el final, una de las marcas tradicionales de la ficción, dejaba de ser el elemento conformador de sentido, al tiempo que se cuestionaba la intencionalidad del relato.
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